Te animo a que te prepares para vivir mejor la Cuaresma, que empieza el miércoles próximo, y la Semana Santa. Para ello te invito a leer y meditar los textos, vídeos y audios de Benedicto XVI, San Josemaría y del prelado del Opus Dei que te pongo a continuación.
Dos vídeos con consejos en tertulias de San Josemaría:
Meditaciones y audios del Prelado del Opus Dei sobre la Pasión del Señor:
Escuche "Getsemaní"
Semana Santa: 8 meditaciones del Prelado para descargar en audio
Prólogo del libro Getsemaní
Textos de San Josemaría:
Vía Crucis de San Josemaría
Tras los pasos del Señor
La conversión de los hijos de Dios
Textos y audios sobre la Pasión, Muerte en la Cruz y La Resurrección de Jesucristo incluidos en el apartado Dentro del Evangelio de la sección Conocer a Jesucristo.
De Benedicto XVI:
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2012
Cuaresma 2011: "Vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo"
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2012
de opusdei.es
Nueva celebración en el Opus Dei
Hoy es el aniversario de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El 14 de febrero de 1943 San Josemaría encontró la solución que buscaba para que hubiera sacerdotes en el Opus Dei.
Para conocer mejor la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz te propongo ver este vídeo, me parece ilustrativo. Lo he encontrado en la página oficial del Opus Dei:
Para conocer mejor la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz te propongo ver este vídeo, me parece ilustrativo. Lo he encontrado en la página oficial del Opus Dei:
"así os gastaréis por la Iglesia"
"Que recéis por el Papa, ayudad al Papa hijos mios, quered al Papa, gastaos por el Papa, y así os gastaréis por la Iglesia y os gartaréis por esta partecica de la Iglesia que es la Obra".
Vídeo sobre la estancia del Prelado del Opus Dei en Bilbao, en marzo de 2009, para participar en unas jornadas sobre "Católicos y vida pública". En este breve vídeo se recogen algunas de sus palabras y encuentros con diversas personas en estos días:
Se puede encontrar a Dios en la vida ordinaria
Mucho se ha publicado en libros y vídeos sobre San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei pero siempre es tiempo de repasar la vida de este santo, "el santo de lo ordinario" como le llamó el beato Juan Pablo II en la canonización. Por eso hoy quiero poneros éste vídeo sobre su vida:
Más información en http://www.opusdei.es/sec.php?s=1220
Más información en http://www.opusdei.es/sec.php?s=1220
Sobre Dora del Hoyo
No hace mucho nos hacíamos eco de un libro -"Una luz encendida"- escrito por Javier Medina sobre la vida de Dora del Hoyo, la primera numeraria auxiliar del Opus Dei y en la que San Josemaría encontró una mujer fiel y entregada.¿Qué destacaría de la personalidad de Dora? le preguntan al autor,Y en otro momento, hablando sobre las virtudes heroicas de Dora dice Javier Medina
Si me obliga a indicar sólo una característica, sin ninguna duda, diría que su capacidad de amar a Dios y al prójimo. Era una mujer de gran corazón.
"El heroísmo cristiano no consiste en el más difícil todavía, en conseguir dar el triple salto mortal. Es algo que se realiza en la vida corriente; es la consecuencia del amor que lleva a estar pendiente de la persona amada, continuamente, en detalles aparentemente pequeños. Así vivió Dora: cuidando de los demás, por amor. "
noticia en opusdei.es
Etiquetas: dora del hoyo opus dei, numerarias auxiliares opus dei, virtudes heroicas
En 3 vídeos
He entrado en el Canal del Opus Dei de TouTube y he encontrado mucha y muy buena información sobre la obra, empezando por esta definición:
El Opus Dei es una institución de la Iglesia católica fundada por San Josemaría Escrivá de Balaguer. El trabajo y la vida ordinaria son ocasión de encuentro con Dios, de servicio a los demás y de mejora de la sociedad.
Y he selecionado 3 vídeos en los que se explican temas interesantes sobre la Obra:
1- El 19 de marzo de 1983 se celebró el acto de la entrega de la Bula Ut Sit en Roma. Este documento de Juan Pablo II erigía el Opus Dei en Prelatura Personal. Una institución que, en palabras de su Fundador, "sólo pretende servir a la Iglesia":
2- Palabras de San Josemaría en un nuevo aniversario de su canonización:
3- San Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei decía que el cristiano debe actuar con libertad en el arte, la política, la empresa, los medios de comunicación Trailer de un vídeo realizado en Argentina sobre personas que han aprendido a ser libres:
Si te han gustado cuéntaselo a alguien, todavía hay mucha gente que tiene dudas sobre lo que es el Opus Dei y se las puedes aclarar.
El Opus Dei es una institución de la Iglesia católica fundada por San Josemaría Escrivá de Balaguer. El trabajo y la vida ordinaria son ocasión de encuentro con Dios, de servicio a los demás y de mejora de la sociedad.
Y he selecionado 3 vídeos en los que se explican temas interesantes sobre la Obra:
1- El 19 de marzo de 1983 se celebró el acto de la entrega de la Bula Ut Sit en Roma. Este documento de Juan Pablo II erigía el Opus Dei en Prelatura Personal. Una institución que, en palabras de su Fundador, "sólo pretende servir a la Iglesia":
2- Palabras de San Josemaría en un nuevo aniversario de su canonización:
3- San Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei decía que el cristiano debe actuar con libertad en el arte, la política, la empresa, los medios de comunicación Trailer de un vídeo realizado en Argentina sobre personas que han aprendido a ser libres:
Si te han gustado cuéntaselo a alguien, todavía hay mucha gente que tiene dudas sobre lo que es el Opus Dei y se las puedes aclarar.
¿Qué es la Semana de oración por la unidad de los cristianos?
Hoy empieza la Semana de oración por la unidad de los cristianos y el Papa durante la audiencia general explicó en qué consiste. La Iglesia católica y otras confesiones cristianas conmemoran todos los años esta semana de oración desde hace más de un siglo . (Romereports.com)"Nuestro deber es proseguir con pasión el camino hacia esta meta con un diálogo serio y riguroso para profundizar en el patrimonio teológico, litúrgico y espiritual común; con el conocimiento recíproco; con la formación ecuménica de las nuevas generaciones y, sobre todo, con la conversión del corazón y con la oración". (Benedicto XVI)
"Todas y todos estáis constantemente presentes en mi oración"
Carta del Prelado (enero 2012)
Entre otras ideas, el Prelado del Opus Dei invita a agradecer a Dios el tiempo que dejamos atrás y a mirar con esperanza el año que se abre ante nosotros.
PDF: Carta del Prelado del Opus Dei, para imprimir.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Cantando ayer el Te Deum en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, ante el Santísimo Sacramento expuesto en la custodia, dábamos gracias a la Trinidad Beatísima por los beneficios que nos ha concedido en el año que acaba de transcurrir. Me sentí muy unido al Papa y a toda la Iglesia, especialmente a cada una y a cada uno de vosotros, y a los innumerables Cooperadores y amigos de la Prelatura. He visto y he oído cómo nuestro Padre rezaba este himno, con hambre de unirse al canto de alabanza que toda la creación rinde a Dios. Todas las mañanas, después de celebrar la Santa Misa y mientras se quitaba los ornamentos sacerdotales, lo recitaba con inmensa devoción, bien unido a sus hijas y a sus hijos.
En estos días de Navidad, y siempre, es lógico que se alce con más intensidad al Cielo nuestra acción de gracias, en primer lugar, por la encarnación y el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Este don es el fundamento perenne de nuestra gratitud, de nuestra alabanza, de nuestra adoración, a un Dios que no cesa de amarnos con locura y que nos lo manifiesta sin interrupción.
El comienzo del año nuevo nos debe ayudar a tener más presente esta prueba del amor divino. Los Padres de la Iglesia y todos los santos, en las diversas épocas de la historia, se han llenado de admiración al considerar que, con el nacimiento de Cristo, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Inmenso se ha hecho pequeño asumiendo nuestra limitada condición humana. «¿Qué mayor gracia pudo concedernos Dios?», se pregunta san Agustín. «Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia»[1].
Nuestro asombro y nuestro agradecimiento aumenta aún más si consideramos que Dios no nos ha dado solamente este regalo por un tiempo o para un momento determinado, sino para siempre. El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible "hoy" el encuentro con Él. Los textos litúrgicos navideños nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este "hoy ha nacido para nosotros el Salvador", no estamos utilizando una expresión convencional vacía, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia[2].
A la luz del amoroso designio divino con la humanidad entera y con cada uno, adquieren su verdadero relieve los acontecimientos del año que acaba de concluir: la salud y la enfermedad, los éxitos y los fracasos, los acontecimientos felices y los dolorosos, lo que consideramos bueno y lo que nos pareció menos bueno... Qué bien lo expresó nuestro Fundador en aquel punto de Camino, cuando exhorta a levantar el corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.
Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso...
Dale gracias por todo, porque todo es bueno[3].
Es cierto que en el mundo abundan los dramas y sufrimientos: catástrofes naturales que arrebatan la vida a millares de personas, focos de guerra y violencia en muchos lugares, enfermedades y carencia de bienes de primera necesidad en innumerables puntos de la tierra, divisiones y rencillas en las familias y entre los pueblos... A todo esto hay que añadir ahora la profunda crisis económica que afecta a muchos países, con tantos hombres y mujeres en paro forzoso.
Sin embargo, aunque la razón no llegue a entender el porqué de estas situaciones, la fe nos asegura que este tiempo nuestro encierra ya, de forma definitiva e imborrable, la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador (...). La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor que da la salvación también en las horas breves y fatigosas de nuestra vidas cotidiana? ¿No es una invitación a descubrir que nuestro tiempo humano —también en los momentos difíciles y duros— está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más, por la Gracia que es el Señor mismo?[4].
Hagamos memoria, hijas e hijos míos, de los innumerables beneficios recibidos en los meses que acaban de transcurrir. Podemos meditarlos en la intimidad de la oración. A pesar de nuestra poquedad personal, ha sido un año más de fidelidad a nuestra vocación cristiana en la Iglesia, siguiendo el espíritu de la Obra. Y podemos enumerar otros muchos beneficios: los frutos espirituales de un trabajo ofrecido a Dios y realizado con espíritu de servicio a las almas; las personas que, gracias al ejemplo y a la palabra apostólica de los hijos de Dios, se han acercado con intimidad al Señor o lo han descubierto en la trama de su existencia ordinaria; el comienzo de la labor apostólica estable de fieles de la Prelatura en nuevos países y su consolidación en otros; la llamada divina a servirle en el Opus Dei que el Señor ha dirigido a muchas personas en el mundo entero; la profunda remoción interior, las conversiones y vocaciones de entrega total, siguiendo los más variados caminos espirituales, que Dios ha suscitado en la Iglesia con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en el mes de agosto... Y tantos otros beneficios en la vida personal, familiar y social, que toca a cada uno descubrir y agradecer.
Ante este panorama sin fronteras, podemos hacer nuestra la oración que san Josemaría rezó innumerables veces, especialmente en los últimos años de su existencia terrena: Sancte Pater, omnipotens, æterne et misericors Deus, Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis etiam ignotis[5]; Padre Santo, omnipotente, eterno y misericordioso Dios: por la intercesión de la bienaventurada Virgen María te doy gracias por todos tus beneficios, también los desconocidos. Porque, efectivamente, son más los beneficios que nos han pasado inadvertidos que los que conocemos. ¿Quién podría contar las veces que el Señor, con su paternal providencia, nos ha librado de peligros del alma y del cuerpo? ¿Quién sería capaz de enumerar las gracias que la Santísima Virgen nos ha conseguido en estos meses?
Por eso, es natural y sobrenaturalmente lógico que tratemos de mantener una constante actitud de agradecimiento. Como exhortaba san Josemaría al comienzo de un nuevo año: Ut in gratiarum semper actione maneamus! Que estemos siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro, por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene alcance eterno. Demos gracias a Nuestro Señor por cuanto ha sucedido este año, y también en cierto modo por nuestras infidelidades, porque las hemos reconocido y nos han llevado a pedirle perdón, y a concretar el propósito —que traerá mucho bien para nuestras almas— de no ser nunca más infieles[6].
Dirijamos ahora la mirada al año que comienza. ¡Cuántos beneficios nos otorgará el Señor, si lo recorremos de la mano de Santa María! Se lo pedimos a nuestra Madre en esta fecha en la que la Iglesia conmemora solemnemente su Maternidad divina.
Las fiestas de estas semanas nos impulsan a empaparnos del clima de la primera Navidad. Ante el belén, imaginando los detalles de cariño de María y José con el Recién Nacido, habremos examinado cómo es nuestro trato con los demás: nuestra propia familia, los amigos, los colegas, y todas las personas que Dios —de un modo u otro— va poniendo a nuestro lado. Para todos hemos de ser luminarias que lleven a Cristo, como deseaba el Papa al reflexionar sobre las luces que adornan el árbol de Navidad. Que cada uno de nosotros —decía— aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo, cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad —concluía el Santo Padre— es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura[7].
Apliquemos estas consideraciones a la existencia cotidiana, tan rica de oportunidades de entrega a Dios y a los demás. Es cierto que somos y nos sentimos poca cosa; por eso mismo, os transmito la invitación de nuestro Fundador a volvernos voluntariamente pequeños delante de Dios, para que nuestro Padre celestial y nuestra Madre la Virgen se ocupen con especial esmero de cada uno. Esta decisión comporta el deseo de renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños[8].
El trato de los hijos pequeños con sus padres —su abandono en ellos, su confianza, sus audaces peticiones— nos sirve de modelo para nuestras relaciones con Dios. Es la actitud fundamental del cristiano, que, renovada un día y otro, jornada tras jornada, nos asegura que andamos por la senda justa, independientemente de los éxitos o fracasos que puedan presentarse. ¿Nos detenemos con frecuencia a pensar si estamos caminando con el Señor? ¿Le dejamos que nos acompañe a toda hora? ¿Cómo le hablamos de lo que se nos presenta en cada momento?
¿Quién va a ser mejor Maestra que la Santísima Virgen? Al escuchar el anuncio de san Gabriel, se abandonó plenamente a la Voluntad divina —fiat mihi secundum verbum tuum!—, y creyó firmemente que se cumplirían las cosas que se te han dicho de parte del Señor, como proclamó santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo[9]. Luego, en Caná, dirigió a su Hijo una petición llena de fe, intercediendo por las necesidades de los esposos —no tienen vino— y recomendó a los sirvientes cumplir exactamente lo que les indicara el Señor: haced lo que Él os diga[10]. Miremos más a la Virgen, invoquémosla más.
Dentro de pocas fechas, el 9 de enero, se cumplen ciento diez años del nacimiento de san Josemaría. Aprovechemos este aniversario para acudir con fe a su intercesión, pidiendo por la Iglesia y la humanidad. Llevadle de modo especial las necesidades de la Obra, de sus hijas y de sus hijos en el mundo entero, y seguid rezando por mis intenciones. Todas y todos estáis constantemente presentes en mi oración; especialmente los que pasan por momentos de mayor sufrimiento físico o espiritual. Con palabras de san Pablo, os aseguro que es justo que yo sienta esto por cada uno de vosotros, ya que os tengo en el corazón (...). Dios es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús[11].
Me parece también muy oportuno que recordemos el empuje sobrenatural y humano, el optimismo nacido de la fe, que san Josemaría transmitió a sus hijos en la Carta Circular del 9 de enero de 1939, un año después de su llegada a Burgos, pensando en el incremento de la labor apostólica de la Obra al concluir la guerra civil española, cuyo fin era ya inminente.
¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución de parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita Caridad[12].
Con la fuerza de nuestro Padre, y en su nombre, os pido que afinemos en la filiación y en la fraternidad. Si no cuidásemos a fondo estos pilares de nuestra familia sobrenatural, se provocarían grietas en la estructura de la Obra, a las que ninguno debe quitar importancia. Os digo lo que también nos comunicó en los años 50: que recemos el oremus pro unitate apostolatus, porque lo vivamos sin solución de continuidad.
Con todo cariño, deseándoos los mejores regalos del Cielo en este nuevo año, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de enero de 2012.
[1] San Agustín, Sermón 185 (PL 38, 999).
[2] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-XII-2011.
[3] San Josemaría, Camino, n. 268.
[4] Benedicto XVI, Homilía en las I Vísperas de la solemnidad de María, Madre de Dios, 31-XII-2010.
[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 15-IX-1971.
[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.
[7] Benedicto XVI, 7-XII-2011.
[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 143.
[9] Lc 1, 38 y 45.
[10] Jn 2, 3 y 5.
[11] Flp 1, 7-8.
[12] San Josemaría, Carta Circular, Burgos, 9-I-1939; en A. Vázquez de Prada, "El Fundador del Opus Dei", II, p. 380.
Entre otras ideas, el Prelado del Opus Dei invita a agradecer a Dios el tiempo que dejamos atrás y a mirar con esperanza el año que se abre ante nosotros.
06 de enero de 2012
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Cantando ayer el Te Deum en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, ante el Santísimo Sacramento expuesto en la custodia, dábamos gracias a la Trinidad Beatísima por los beneficios que nos ha concedido en el año que acaba de transcurrir. Me sentí muy unido al Papa y a toda la Iglesia, especialmente a cada una y a cada uno de vosotros, y a los innumerables Cooperadores y amigos de la Prelatura. He visto y he oído cómo nuestro Padre rezaba este himno, con hambre de unirse al canto de alabanza que toda la creación rinde a Dios. Todas las mañanas, después de celebrar la Santa Misa y mientras se quitaba los ornamentos sacerdotales, lo recitaba con inmensa devoción, bien unido a sus hijas y a sus hijos.
En estos días de Navidad, y siempre, es lógico que se alce con más intensidad al Cielo nuestra acción de gracias, en primer lugar, por la encarnación y el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Este don es el fundamento perenne de nuestra gratitud, de nuestra alabanza, de nuestra adoración, a un Dios que no cesa de amarnos con locura y que nos lo manifiesta sin interrupción.
El comienzo del año nuevo nos debe ayudar a tener más presente esta prueba del amor divino. Los Padres de la Iglesia y todos los santos, en las diversas épocas de la historia, se han llenado de admiración al considerar que, con el nacimiento de Cristo, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Inmenso se ha hecho pequeño asumiendo nuestra limitada condición humana. «¿Qué mayor gracia pudo concedernos Dios?», se pregunta san Agustín. «Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia»[1].
Nuestro asombro y nuestro agradecimiento aumenta aún más si consideramos que Dios no nos ha dado solamente este regalo por un tiempo o para un momento determinado, sino para siempre. El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible "hoy" el encuentro con Él. Los textos litúrgicos navideños nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este "hoy ha nacido para nosotros el Salvador", no estamos utilizando una expresión convencional vacía, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia[2].
A la luz del amoroso designio divino con la humanidad entera y con cada uno, adquieren su verdadero relieve los acontecimientos del año que acaba de concluir: la salud y la enfermedad, los éxitos y los fracasos, los acontecimientos felices y los dolorosos, lo que consideramos bueno y lo que nos pareció menos bueno... Qué bien lo expresó nuestro Fundador en aquel punto de Camino, cuando exhorta a levantar el corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.
Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso...
Dale gracias por todo, porque todo es bueno[3].
Es cierto que en el mundo abundan los dramas y sufrimientos: catástrofes naturales que arrebatan la vida a millares de personas, focos de guerra y violencia en muchos lugares, enfermedades y carencia de bienes de primera necesidad en innumerables puntos de la tierra, divisiones y rencillas en las familias y entre los pueblos... A todo esto hay que añadir ahora la profunda crisis económica que afecta a muchos países, con tantos hombres y mujeres en paro forzoso.
Sin embargo, aunque la razón no llegue a entender el porqué de estas situaciones, la fe nos asegura que este tiempo nuestro encierra ya, de forma definitiva e imborrable, la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador (...). La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor que da la salvación también en las horas breves y fatigosas de nuestra vidas cotidiana? ¿No es una invitación a descubrir que nuestro tiempo humano —también en los momentos difíciles y duros— está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más, por la Gracia que es el Señor mismo?[4].
Hagamos memoria, hijas e hijos míos, de los innumerables beneficios recibidos en los meses que acaban de transcurrir. Podemos meditarlos en la intimidad de la oración. A pesar de nuestra poquedad personal, ha sido un año más de fidelidad a nuestra vocación cristiana en la Iglesia, siguiendo el espíritu de la Obra. Y podemos enumerar otros muchos beneficios: los frutos espirituales de un trabajo ofrecido a Dios y realizado con espíritu de servicio a las almas; las personas que, gracias al ejemplo y a la palabra apostólica de los hijos de Dios, se han acercado con intimidad al Señor o lo han descubierto en la trama de su existencia ordinaria; el comienzo de la labor apostólica estable de fieles de la Prelatura en nuevos países y su consolidación en otros; la llamada divina a servirle en el Opus Dei que el Señor ha dirigido a muchas personas en el mundo entero; la profunda remoción interior, las conversiones y vocaciones de entrega total, siguiendo los más variados caminos espirituales, que Dios ha suscitado en la Iglesia con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en el mes de agosto... Y tantos otros beneficios en la vida personal, familiar y social, que toca a cada uno descubrir y agradecer.
Ante este panorama sin fronteras, podemos hacer nuestra la oración que san Josemaría rezó innumerables veces, especialmente en los últimos años de su existencia terrena: Sancte Pater, omnipotens, æterne et misericors Deus, Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis etiam ignotis[5]; Padre Santo, omnipotente, eterno y misericordioso Dios: por la intercesión de la bienaventurada Virgen María te doy gracias por todos tus beneficios, también los desconocidos. Porque, efectivamente, son más los beneficios que nos han pasado inadvertidos que los que conocemos. ¿Quién podría contar las veces que el Señor, con su paternal providencia, nos ha librado de peligros del alma y del cuerpo? ¿Quién sería capaz de enumerar las gracias que la Santísima Virgen nos ha conseguido en estos meses?
Por eso, es natural y sobrenaturalmente lógico que tratemos de mantener una constante actitud de agradecimiento. Como exhortaba san Josemaría al comienzo de un nuevo año: Ut in gratiarum semper actione maneamus! Que estemos siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro, por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene alcance eterno. Demos gracias a Nuestro Señor por cuanto ha sucedido este año, y también en cierto modo por nuestras infidelidades, porque las hemos reconocido y nos han llevado a pedirle perdón, y a concretar el propósito —que traerá mucho bien para nuestras almas— de no ser nunca más infieles[6].
Dirijamos ahora la mirada al año que comienza. ¡Cuántos beneficios nos otorgará el Señor, si lo recorremos de la mano de Santa María! Se lo pedimos a nuestra Madre en esta fecha en la que la Iglesia conmemora solemnemente su Maternidad divina.
Las fiestas de estas semanas nos impulsan a empaparnos del clima de la primera Navidad. Ante el belén, imaginando los detalles de cariño de María y José con el Recién Nacido, habremos examinado cómo es nuestro trato con los demás: nuestra propia familia, los amigos, los colegas, y todas las personas que Dios —de un modo u otro— va poniendo a nuestro lado. Para todos hemos de ser luminarias que lleven a Cristo, como deseaba el Papa al reflexionar sobre las luces que adornan el árbol de Navidad. Que cada uno de nosotros —decía— aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo, cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad —concluía el Santo Padre— es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura[7].
Apliquemos estas consideraciones a la existencia cotidiana, tan rica de oportunidades de entrega a Dios y a los demás. Es cierto que somos y nos sentimos poca cosa; por eso mismo, os transmito la invitación de nuestro Fundador a volvernos voluntariamente pequeños delante de Dios, para que nuestro Padre celestial y nuestra Madre la Virgen se ocupen con especial esmero de cada uno. Esta decisión comporta el deseo de renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños[8].
El trato de los hijos pequeños con sus padres —su abandono en ellos, su confianza, sus audaces peticiones— nos sirve de modelo para nuestras relaciones con Dios. Es la actitud fundamental del cristiano, que, renovada un día y otro, jornada tras jornada, nos asegura que andamos por la senda justa, independientemente de los éxitos o fracasos que puedan presentarse. ¿Nos detenemos con frecuencia a pensar si estamos caminando con el Señor? ¿Le dejamos que nos acompañe a toda hora? ¿Cómo le hablamos de lo que se nos presenta en cada momento?
¿Quién va a ser mejor Maestra que la Santísima Virgen? Al escuchar el anuncio de san Gabriel, se abandonó plenamente a la Voluntad divina —fiat mihi secundum verbum tuum!—, y creyó firmemente que se cumplirían las cosas que se te han dicho de parte del Señor, como proclamó santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo[9]. Luego, en Caná, dirigió a su Hijo una petición llena de fe, intercediendo por las necesidades de los esposos —no tienen vino— y recomendó a los sirvientes cumplir exactamente lo que les indicara el Señor: haced lo que Él os diga[10]. Miremos más a la Virgen, invoquémosla más.
Dentro de pocas fechas, el 9 de enero, se cumplen ciento diez años del nacimiento de san Josemaría. Aprovechemos este aniversario para acudir con fe a su intercesión, pidiendo por la Iglesia y la humanidad. Llevadle de modo especial las necesidades de la Obra, de sus hijas y de sus hijos en el mundo entero, y seguid rezando por mis intenciones. Todas y todos estáis constantemente presentes en mi oración; especialmente los que pasan por momentos de mayor sufrimiento físico o espiritual. Con palabras de san Pablo, os aseguro que es justo que yo sienta esto por cada uno de vosotros, ya que os tengo en el corazón (...). Dios es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús[11].
Me parece también muy oportuno que recordemos el empuje sobrenatural y humano, el optimismo nacido de la fe, que san Josemaría transmitió a sus hijos en la Carta Circular del 9 de enero de 1939, un año después de su llegada a Burgos, pensando en el incremento de la labor apostólica de la Obra al concluir la guerra civil española, cuyo fin era ya inminente.
¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás (escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aun persecución de parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita Caridad[12].
Con la fuerza de nuestro Padre, y en su nombre, os pido que afinemos en la filiación y en la fraternidad. Si no cuidásemos a fondo estos pilares de nuestra familia sobrenatural, se provocarían grietas en la estructura de la Obra, a las que ninguno debe quitar importancia. Os digo lo que también nos comunicó en los años 50: que recemos el oremus pro unitate apostolatus, porque lo vivamos sin solución de continuidad.
Con todo cariño, deseándoos los mejores regalos del Cielo en este nuevo año, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de enero de 2012.
[1] San Agustín, Sermón 185 (PL 38, 999).
[2] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-XII-2011.
[3] San Josemaría, Camino, n. 268.
[4] Benedicto XVI, Homilía en las I Vísperas de la solemnidad de María, Madre de Dios, 31-XII-2010.
[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 15-IX-1971.
[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.
[7] Benedicto XVI, 7-XII-2011.
[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 143.
[9] Lc 1, 38 y 45.
[10] Jn 2, 3 y 5.
[11] Flp 1, 7-8.
[12] San Josemaría, Carta Circular, Burgos, 9-I-1939; en A. Vázquez de Prada, "El Fundador del Opus Dei", II, p. 380.
Etiquetas: agradecimiento opus dei, año nuevo prelado, carta enero, carta prelado enero, esperanza opus dei
¡Qué fácil es querer a este Dios!,
Os dejo este vídeo del pasado día 24 de diciembre, en el que aparece el Padre -el obispo Prelado del Opus Dei- diciendo unas palabras entrañables junto al Niño Jesús.
¡Qué fácil es querer a este Dios!, que en su infinitud tiene esta capacidad de presentársenos como un Niño inerme, como decía nuestro Padre, precisamente para que le tratemos con confianza, para que nos atrevamos a hablarle sin pensar que le molestamos, para que también queramos ponerle en la cuna de nuestra pobre alma, porque hasta ahí se presta este Señor, todo bondad.
Pensad, pensemos, que ha tomado nuestra naturaleza humana, se ha presentado como una criaturina, haciéndonos notar lo mucho que nos ama por ese salto que da, desde la infinitud del cielo hasta esta pobre tierra nuestra. Y se queda con nosotros queriéndonos con toda la infinitud de su amor. Pues es lógico que aprendamos de su ejemplo a gastar nuestra vida o la de los demás con Dios.
¡Feliz Navidad!, ¡Feliz Navidad con este Niño!
¡Qué fácil es querer a este Dios!, que en su infinitud tiene esta capacidad de presentársenos como un Niño inerme, como decía nuestro Padre, precisamente para que le tratemos con confianza, para que nos atrevamos a hablarle sin pensar que le molestamos, para que también queramos ponerle en la cuna de nuestra pobre alma, porque hasta ahí se presta este Señor, todo bondad.
Pensad, pensemos, que ha tomado nuestra naturaleza humana, se ha presentado como una criaturina, haciéndonos notar lo mucho que nos ama por ese salto que da, desde la infinitud del cielo hasta esta pobre tierra nuestra. Y se queda con nosotros queriéndonos con toda la infinitud de su amor. Pues es lógico que aprendamos de su ejemplo a gastar nuestra vida o la de los demás con Dios.
¡Feliz Navidad!, ¡Feliz Navidad con este Niño!
¿Qué es una prelatura personal?
Habitualmente surgen preguntas sobre qué es el Opus Dei y una de esas preguntas es ¿qué es una prelatura personal? Pués he encontrado en la página oficial de la Obra una aclaración al respecto que te dejo aquí por si te interesa:
Las prelaturas personales son circunscripciones eclesiásticas, previstas por el Concilio Vaticano II y por el Código de Derecho Canónico, que se constituyen para llevar a cabo, con gran flexibilidad, determinadas tareas pastorales. Los fieles de las prelaturas personales siguen perteneciendo a las iglesias locales o diócesis donde tienen su domicilio.
Las prelaturas personales son circunscripciones eclesiásticas, previstas por el Concilio Vaticano II y por el Código de Derecho Canónico, que se constituyen para llevar a cabo, con gran flexibilidad, determinadas tareas pastorales. Los fieles de las prelaturas personales siguen perteneciendo a las iglesias locales o diócesis donde tienen su domicilio.
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